jueves, 22 de marzo de 2012

UN DÍA PARA GOZAR.

 Tras varios días de invalidez obligada, ayer vinieron a recogerme un matrimonio amigo de la meseta. Fuimos a la Alquería en la que vive, hoy muy remozada y actualizada a las necesidades actuales, y situada en la huerta de Russafa, justo muy cerca de la denominada depuradora de Pinedo, ésta de los escándalos financieros y por los que tanto deberá depurar. Allí, dejamos nuestro vehículo, y el patriarca y amigo de la misma Rafael Mocholí Soto, con sus 81 primaveras ya más cerca de las 82 mencionadas, sin gafas y con toda celeridad y seguridad, nos hizo de guía para ir primero a Castellar, y allí en un horno de Alarte, comprar unas pastas incomparables para nuestros amigos y para mí. De ahí, al Palmar y tras hacer allí una pequeña parada para tomar nuestra tapita de all i pebre y una cervecita, antes de embarcarnos camino de la "mata del fang". El día era de una luminosidad intensa, las aguas al soplar un leve Levante, al contrario que ocurre en la mar, estaban como un espejo. Las Garza Reales, se veían al lado de cada cañar con la esbeltez que su linaje les otorga. El buen hombre que nos llevaba en barca de motor, explicaba sin cesar, todo aquello que de sobra conocía nuestro guía Rafael, y en menor profundidad yo mismo, pero le dejábamos hablar. Uno siempre aprende de los demás. Y, nuestros buenos amigos afincados en los alrededores de Madrid absorbían con ansiedad incontenida cuanto escuchaban. Pero, Rafael y yo, estábamos pensativos o respirando un paraje hoy valenciano y perteneciente al Ayuntamiento de Valencia, que fue donado por Alfonso XIII ya que pertenecía a la realeza Borbónica hasta ese lejano día. Pero, mis pensamientos iban mucho más allá, recordaba con nitidez y nostalgia, mi primer contacto con las aguas de la Albufera. De ello hacía 52 años. ¡Ahí es nada, más de medio siglo! Acompañado de mi amigo y lugareño del Palmar, Pepe Bru. Ayer, saludé a su cuñado y me interesé por su delicado estado de salud. No estaba, pero siempre lo recordaré con nostalgia. Aquel día, su madre nos llenó el paladar con mi primer all i pebre, pura gula. La barca, seguía avanzando muy lentamente entre, el revuelo de los patos y pollas de agua, garzas reales, y dentro de los patos diferentes razas, por estrechos pasajes entre cañares, y hablamos de qué sabrían en Bruselas de lo que les interesaba a nuestra Albufera así como a los arrozales. Y Rafael y yo, valencianos de pura cepa, saltamos con enérgica repulsa hacia tan ignorante institución. Sabe más mi amigo Rafael, que todos aquellos ignorantes que desde allí dan órdenes. ¿Qué no sabrá mi amigo, nacido en una barraca, labriego desde su temprana niñez y arrocero? A estas personas de bien, es a quiénes –todavía en vida– debían consultar antes de que se extingan, y no tomar decisiones malignas para nuestra tierra. No existe mayor mal, que darle el mando a un ignorante, y si es a dos de ellos, mucho peor. La sabiduría labriega, nace del trabajo y de la observancia cotidiana año tras año, así como de los conocimientos transferidos de padres a hijos hasta hoy. Llorar al ver estas aguas, que fueron nítidas como el cristal transparente, y de las que se podía beber. Yo, personalmente, así lo he realizado, y de este modo lo atestiguo. Verlas hoy me ha sonrojado. Para ver que, desde el máximo desconocimiento en Bruselas, no dejan cortar las cañas justo, las del borde de las aguas, y que se pudren y deterioran el entorno y refugio de las aves que allí anidan y, lo qué es peor, a las propias aguas. Años ah, en realidad no tantos, así se realizaba, y al final de poco tiempo salían rejuvenecidas, verdes y esbeltas, y se evitaba que las aguas próximas a los cañares se convirtiesen en una orilla de podredumbre. Pero, para mayor deshonra de los que rigen y mal dirigen a la Unión Europea, desde la hermosa ciudad de Bruselas, y que se dedican a querer acabar con todo nuestro costumbrismo ancestral, y algo muy grave y que ataca nuestra economía y al medioambiente, sé ha prohibido que se quemen los rastrojos de los arrozales. Y ello, por gente que a lo máximo que le ha alcanzado en vida y relacionado con nuestros campos de arroz valencianos, ha sido comer arroz en un restaurante chino, que se quemen los rastrojos de la paja tras unos días posteriores a su siega es un crimen ecológico. Con esto, consiguen que la paja se pudra y tras ello, se mueran miles y miles de peces. Así tratan a nuestra amada tierra valenciana, con el consentimiento de malos políticos, que desde Bruselas nos mangonean y arruinan. De nuevo, Rafael y yo, volvimos a nuestros ensueños. Seguro, que él mucho más, tras tantos años de cruzar la Albufera con su padre y hermanos con su gran barca de vela latina, para trabajar en los arrozales que poseían en dos "tancats" distintos aunque cercanos el uno del otro. ¿Qué cantidad de recuerdos, estaría recorriendo su mente?, o quizás su alma de artista y su sensibilidad de pureza raza valenciana, seguramente estuviese bebiendo todo lo que veía una vez más, y dada su avanzada edad, con mayor fruición. Yo no lo podía adivinar. Pero, dada su sutileza sensibilidad, nunca deja de beber en los pozos de sabiduría que la naturaleza le regala. El día, ni escogido a nuestra medida hubiese sido mejor. Una temperatura de unos 20º y nada de viento. Espero, que mis amados amigos disfrutasen de mi deseo de que así lo fuese. Abandonamos el Palmar, y tanto a la ida como a la vuelta, pasamos por la barraca de nuestro amigo Vicente Ortega que en paz descanse. Rafael y un servidor, recordamos los grandes all i pebres y paellas allí degustados con toreros y periodistas. Y por recónditos caminos, con habilidad y rapidez impropias de su edad, Rafael nos condujo hasta el restaurante a dónde íbamos a comer. Allí, y justo frente a la Alquería del Brosquil, la fortaleza mora de mayor arraigo en la zona, han instalado unos amigos de Rafael un restaurante que toma el nombre de la Alquería: Brosquil. En él, nos atendieron de acuerdo por quien íbamos acompañados. En todo el entorno, el nombre de Rafelet, es sinónimo de hombre de bien. El dueño en persona nos atendió, y todo fueron parabienes. Sentados en una mesa, que rozaba un campo de naranjos con bastantes frutos todavía en los árboles, y rodeados de algunas falleras y falleros, comimos sin conocimiento, y un servidor, y dado que era un día de asueto para mí al no conducir, bebí como un cosaco, pero, sin licores. Unas cervezas bien escanciadas y un vino de La Ribera del Duero joven. El joven propietario, les recomendó a mis amigos un buen arroz en "fesols i naps". Les encantó, y me alegro. Por último, y dado que estamos casi inmersos, en nuestras fiestas josefinas, la casa nos obsequió con unos buñuelos y una copita de mistela. Y, tras la visita a La Alquería de Rafael Mocholí, y la cual tuvo el señorío de enseñarles a mis amigos sus dependencias y sus cuadros. Resultó un final muy feliz para un día de gozo y sano esparcimiento. Espero, haber sido un buen anfitrión. ¿Mis amigos lo sabrán?, aunque no se hace necesario que lo digan. ¡Qué así sea! José Pardo Ferrer.

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